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santiago risso, peru

HOSPITAL

 

Zurita:

El mar del Callao está picado.

Las olas revuelven incontenibles garfios,

bateas, escafandras

y demás pecados mortales.

El tono muscular del paraíso

es gris vespertino

lejos, lejos, lejos

“Lejos, -no son- esas perdidas cordilleras de Chile”.

 

Zurita:

Ayer visité Vigil, y toda luz de esperanza

se hizo añicos. Un centro de rehabilitación.

Niños, ancianos, niños, ancianos. Todos

-los que podían-

con las manos juntitas en pos de esperanza.

Y zas, me estrello contra el piso de lo imposible.

 

No puedo escribir arañando el dolor.

Cómodo frente a la pantalla –también gris- del computador.

Lo que pasa en mi puerto, esta ciudad de bisagras

y puertas que rechinan, no es más que dolor. Inmenso

como la proa de un mar inverosímil

en su abrazo mortal. Perú, perú, al Norte de

tu país. Todas las naciones son nombres comunes.

Pues las mismas montañas de Chile avanzando

se detienen en un Perú de abismos incontenibles.

 

Zurita:

Ayer visité Vigil. Y luego me vanaglorié con tus palabras

hacia mi Prosa de Nueva York. Y ahora –de seguro- repetiré,

reptaré el plato de la miseria esperando palabras

tuyas, laudatorias, a este poema que escribo

con gran incontinencia azul.

El paraíso es una chuita de patas naranjas

con alas mutiladas en el horizonte sempiterno.

 

Zurita, poeta:

Lloré ayer una sangre que no es mía.

El dolor, la pesadumbre de encontrarme poeta

en un puerto perdido. Aquel puerto del Callao

baña las aguas de Valparaíso. Y todo es lo mismo.

Palabras como Hartazgo, Ardor, Injusticia

son ambulantes en las calles saturadas

de pútrida brisa marinera.

Cómo no agarrar un poema.

Leerlo a todo pulmón

y resolver el mundo en una caricia.

Pero la poesía no sirve para nada.

Un poeta y su puta caminan extraviados

en las calles del puerto como si fuese

Nueva York. Ése es otro poema.

-Aquí están extraviados-

Aquí el puerto existe en el maretazo

de unos ojazos que calzan la omisión de la felicidad.

 

Zurita, hermano:

Ayer visité Vigil. No hice shoping. No hice luz

a las buenas costumbres de jironear. Agarré un periódico roído

y al abanicarme, en el frío, congelé el vuelo de dos mariposas

que visitaban el Hospital. Intenté cegarme, amoníaco por aquí,

por allá. Ya tú lo habías hecho. No era necesario redimir al mundo.

Era imprescindible Zurita. Cambiar de una vez.

Escupir en la cara a quien te jode, a quien jode al mundo

con el abrazo de los puñales circenses de la fanfarria.

 

Zurita, Raúl:

Te guardo en este poema como un revólver

con el gatillo de la esperanza en la poesía.

No todo se ha perdido Zurita. Aún es sostenible

la perfección del abrazo sincero. Caen máscaras

de hielo y las bisagras explosionan. Sonidos abundan

en los puertos, el mar da coletazos a todo movimiento

imperceptible. Ayer, como te dije, Zurita, visité Vigil.

“Qué tanta vaina Risso, ya cuéntame de una vez”, observó

con la mejilla bronceada Zurita. Y yo quedé solo

en el pabellón.

 

Z:

Ayer visité Vigil. Un telegrama, un email, una palabra.

Tan sólo una letra. La última, por favor:

Imploro a la poesía que de una vez resuelva el dolor.

Lágrimas de Dios en barlovento

se alzan en vuelo, remontando pasos perdidos, ajenos.

De una buena vez Zurita, te diré sin balbucear,

directo, como una cachetada a tu mejilla incendiada.

K.O. a tus palabras poeta. No hay ninguna posibilidad:

 

Zurita:

En el Callao las bisagras no avanzan.

No hay puertas que se abran. Es gran mentira todo.

Ayer visité Vigil, y vi niños, bebes,

como mi Pierpaolo o mi Gianfranco,

hijitos míos de mi corazón,

un tipito con la testa de sueños infantiles hasta la frente.

Y arriba, la cabeza en diagonal,

como escapando de un mundo injusto.

Otro tipito, bebé viejo, no Lao Tsé,

sino en Vigil. Aquel Hospital

de “Rehabilitación” donde amé más a mi esposa.

Paola lloró frente a un periódico mural.

No comprendí ese dolor hasta ahora Zurita.

Ya no prendas fuego a tu rostro.

Este “poema” no vale nada

al escuchar el pasillo de los quemados.

Al enterarme, Zurita, que un niño,

con la ternura y la belleza de mis hijos,

señala travieso con muñones

a la fogata que hace aDiós

a sus manitas.

No tengo perdón Zurita.

He escrito este poema

y te lo enviaré por email

con mis dedos talqueados

de eXtrema finura.

 

Por lobitogabriel - 18 de Abril, 2006, 9:31, Categoría: poesia
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